tinta y pluma pa volar

tinta y pluma pa volar

viernes, 13 de diciembre de 2013

Etapa.

Cada hombre es un mundo. Y cuando dos hombres se unen; se unen, a su vez, dos mundos. Y entonces el mundo entero se reduce al mundo de los dos, el mundo cosmopolita parece un poco más pequeño. ¿Pero y si todo está ahí esperando a ser descubierto, o mejor dicho, todo ha sido creado ya y no hay nada que descubrir? Vivimos una era en la que estamos siendo puestos a prueba a cada paso. Es lícito preguntarse también ¿pasos hacia dónde estamos dando? Tal vez no haya un único camino y las múltiples y libres interpretaciones no sean tajantes ni determinantes. Ni libertad absoluta y despojo de toda tendencia a la obediencia y a la sumisión; ni completa dominación a un Ser superior. Tampoco hay verdades en estado puro, sino que hay, más bien, tantas verdades como hombres en este planeta. Y volvemos al mismo punto en que nos encontrábamos al principio, como un trance circular que nos devuelve al mismo lugar inicial.
Como parte de esta especie humana, de esta raza que ha sabido manipular exsacerbadamente a la Naturaleza, he llegado al punto máximo de la duda como base de la existencia, a la cúspide de la incertidumbre. Y cuando uno llega a ese punto, en el que se satura de dudas sin alcanzar tantas sólidas certezas como le gustaría, se rinde y alza una bandera blanca. Uno se rinde de tantos axiomas inconsistentes que fundamentan premisas incuestionables y dadas por verdaderas a priori. Porque cuando se da cuenta uno de que nada ha creado, se siente uno muy triste. La herencia es antes que una virtud, una traba al libre albedrío (si es que existe) La herencia es una condena, una tranquila y cómoda condena para adecuarse al molde humano.
Tal vez sea necesario pasar por tanta duda, tanto incierto, tantas preguntas y tal vez, también, sea bueno no amarrarse a ninguna conclusión para que las conclusiones no rijan nuestra vida. Es preferible, superar esa etapa y arribar a otra más genuina y afable, aunque pueda categorizársela de amorfa por transparente e impalpable.
Siempre es mejor la comprensión de la nada
que la ignorancia de la misma.
Siempre es mejor situarse en el medio
o más allá del bien y el mal.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

De pronto el pez volador entabla un amor efímero con la nube de algodón. Se enamoran en la distancia poco cuantificable entre el mar y el cielo.
Como el pez vuela muy alto; la nube colisiona con el mar, negocia con él para tornarse agua y estar un poco más cerca del pez. Pero la nube se olvida de que en el agua ella no es más una nube, sino que se vuelve una ola trivial de marea. La nube hace el sacrificio de cambiar su hábitat, y todo por amor.
Los días grises, la nube ya no es posibilidad de lluvia, ya no es el amparo de los hombres ante el sol.
La nube lo cambia todo por su amor. Mientras el pez sigue nadando con su cardumen, sin percatarse del sacrificio de la nube.
Un día el sol se enoja con la nube, la acusa de haber traicionado a los astros y a los cielos por un caprichoso romance estacional. Y la nube llora, llora gotas de lluvia en el mar salado. Y esas gotas de lluvia se pierden en el océano.
Todo está muy triste entre los dos. El pez quiere a la nube y la nube quiere al pez, pero se quieren de una manera distinta.
Así, como cualquier día, diéronse cuenta el pez volador y la nube, que era mejor seguir cada cual su destino: ella en el cielo y él abajo, en lo profundo del mar.

lunes, 9 de diciembre de 2013

A mis tiempos.

Cuando lo más chico se va agrandando, lo más grande va haciéndose más chico. Eso que añejo nos parecía gigante, ahora, va tornándose paulatinamente insignificante, como una mosca en el espacio. 
Y lo más pequeño es como un quiste que se ancla en nosotros, que duele y condensa las sensaciones. 
Pero es un dolor especial, de esos que reconoceríamos a la distancia. 

Sentir es más arriesgado, pero también menos aburrido. 

Somos un dassein arrojado ahí, despojados de toda certidumbre, con la única esperanza de conseguir alguien u algo que nos brinde una mínima cuota de seguridad. Tenemos la libertad y la consciencia de nuestras acciones, pero siempre tratamos de rehuirlas, de depender de fuerzas mayores e inciertas. Tratamos con vehemencia de escaparle a la idea de que todo es consecuencia de nuestro errar y acertar.
El destino, las energías... Existen, claro. Pero no todos nuestros actos y cobardías pueden ser delegados a esas fuerzas mayores. Hagámonos cargo, seamos responsables de nuestra vida. Y no intentemos apaciguar la tristeza de lo que no  pudo ser con el "por algo será" ¿Por algo será? Por algo será que el que no arriesga no gana. Simple.
Últimamente me he dado cuenta de lo rebuscados que somos. Como un ovillo muy muy enredado, en el cual el hilo va dando vueltas y vueltas y los nudos son grosos.
Bueno, empecemos a buscar la punta del hilo, la punta de ese bendito caos. 
Acomodarse, de a poquito
Con los tiempos propios. Pero teniendo esa consciencia del tiempo.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Lago en el cielo

Un lago en el cielo,
quiero ser suave,
para evitar tu dureza.
Apago tu fuego,
enciende mi agua
y puede que no haya certezas.

Vamos despacio
para encontrarnos
el tiempo es arena en mis manos.
Sé por tus marcas
cuánto has amado
más de lo que prometiste.

Hoy te apuré
(estaba tan sensible)
son espejismos que aumentan la sed.
Y si adelanté,
no me hagas caso,
a veces no puedo con la soledad.

Vamos despacio
para encontrarnos
el tiempo es arena es mis manos.
Sé por tus marcas
cuánto has dejado
para olvidar lo que hiciste.
Sentir, algo que nunca sentiste

Sos el paisaje más soñado
y sacudiste las más sólidas tristezas
y respondiste cada vez que te he llamado.

Vamos despacio
para encontrarnos
el tiempo es arena en mis manos.

Un lago en el cielo es mi regalo
para olvidar lo que hiciste
Y sentir algo que nunca sentiste.

Hacerte sentir algo que nunca sentiste.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Palabras.

De  acuerdo... todos se jactan de que es mejor decir las cosas para no ser etiquetado de hipócrita.
Pero ¿hasta qué punto podemos escaparnos de "los buenos modales"? ¿hasta qué punto podemos ser francos con una persona sin rozar el descaro? ¿Se puede serle fiel al propio cólera sin lastimar al otro? ¿cuánta sinceridad podemos tolerar? ¿cuál es el grado de transparencia al que puede llegar una persona socialmente tolerable? ¿Es posible hacerle llegar al otro las palabras que genuinamente surgen de nosotros sin que se malinterpreten? ¿No es una utopía pretender que el mensaje se mantenga intacto entre los interlocutores? ¿o, más bien, ante el pasaje por el canal de transmisión, el mensaje se desfigura y algunos de sus fragmentos constitutivos se quedan en el aire?

¿Es que es mucho exigir relaciones sustentadas en la franqueza?
Quizás, ante la imposibilidad de manifestar las palabras que nos gustarían, las mismas se vuelven hacia nuestros adentros para volver a aflorar con inusitada violencia una próxima vez.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

¿Por?

http://www.youtube.com/watch?v=o8p1CqbbKsE

Cabezotas.

Cada minuto que perdemos es una chispa que se apaga,
cada indecisión es un tren que se va,
cada impulso reprimido es la antesala de una futura inhibición.

De nada sirve decir de la boca para afuera,
de nada sirve la reflexión sin práctica.
De nada sirven todas esas chácharas atestadas de palabras inútiles y crédulas
porque las cuerdas vocales son sólo uno de los órganos de nuestro cuerpo.
Hagamos uso de nuestros sentidos.
Si tenemos tacto para tocarnos
y ojos para vernos.

Y sin embargo lo único que usamos es nuestro cerebro.

Tenemos nuestros oídos anulados,
porque no nos escuchamos más allá del más allá
porque oídos tenemos, pero no,
no escuchamos.

martes, 26 de noviembre de 2013

La mirada del amor.

¿Desde dónde miramos cuando nos enamoramos?
¿Qué observamos en el otro? ¿Por qué?
Cuando nos enamoramos no miramos con los ojos, miramos con el corazón. El amor es, en un primer momento, irracional y ciego. Primer momento en el que lo que observamos son las partículas, los átomos imperceptibles a la vista que, sin embargo, flotando están entre la atmósfera que se inmiscuye entre los enamorados. Enamorarse es aspirar ese aire que corta la respiración propia y la respiración ajena.
Cuando nos enamoramos lo hacemos de infinitas maneras. Una de las más triviales es enamorarnos de lo que no tenemos. Por eso enamorarse es, ante todo, una caricia al Ego. Me enamoro de vos porque sé que tenés lo que puede llegar a faltarme. Me enamoro de vos, pero ¡ojo! no me enamoro de tu integridad, del total de tu persona. Me enamoro sólo de la parte que veo en vos que creo que me falta. Enamorarse implica, a la larga, desencanto. Ustedes dirán que si no es total, entonces, no es amor, que eso es sólo un capricho. Bueno, la única diferencia entre el capricho y el amor es que el capricho dura un poco más.
Si yo me enamoro de usted, es porque usted tiene aquello que me atrae porque me falta. Pero ¿qué es eso que me atrae? Eso que me atrae de usted es una cualidad a la que le confiero el adjetivo axiológico de virtuosa. Es por eso que muchos, sin la menor consciencia, dicen: "estoy buscando pareja" La buscan porque saben cuales son los defectos propios, y por lo tanto, buscan en algún otro las virtudes que creen que los auto-completan. Nos da miedo ser imperfectos y por eso, al enamorarnos, buscamos nuestra propia perfección. Perfección que anhelamos encontrarla en el otro. Porque es lógico que nadie busca aquello que no sabe como es. Por lo tanto, si buscamos, es porque sabemos qué esperamos encontrar. Una búsqueda en el amor, está condenada al fracaso. Y por eso, también, es que buscamos "la media naranja" (nótese que el lenguaje coloquial está imbuido de psicología inconsciente)
Buscamos la media naranja porque nos creemos incompletos. Buscamos esa media naranja para sentirnos más fuertes, con más vigor, para sentirnos capaces de todo: para sentirnos invencibles.
El amor es una sensación, es una percepción de nuestra mente (o si no les agrada el pensamiento de iluminista, podríamos decir del corazón. Al fin y al cabo el individuo es indivisible) El amor unívoco no existe, porque pasado ese primer momento nos damos cuenta de que la media naranja, después de exprimirla, no tiene más jugo y como todo lo que ya no sirve: se la tira a la basura. Y la absurda búsqueda recomienza.

Nada.

Es como el letargo del silencio que culmina en el escupitajo de una maraña de oraciones. Sí, de repente tengo muchas cosas para decir. De repente las palabras llegan a mi para ser devueltas al papel.

Por el negocio la gente no pasa. Esto parece todo menos un trabajo.
Estamos a fin de mes y los bolsillos están secos como un desierto.
Mercantilismo incipiente de una mujer de 20 años.
¿Cuántos mates me habré tomado en lo que va de la mañana?
Incontables sorbos amargos llevo tragados en apenas 4 horas.
Es ley de Murphy, voy al baño y entra gente al local.
¿Por qué pasan esas cosas?
Si la libertad ha sido la bandera de los pueblos que buscaban deshacerse de las opresiones que ejercían sobre ellos entidades que se autoproclamaban como superiores, ¿por qué nos encontramos rehuyéndola cada vez más masivamente? La civilización posmoderna se esconde detrás de las sumisiones a líderes y personalidades autoritarias que se enorgullecen de quitarnos la conquista más preciada por la que numerosas generaciones han peleado: la libertad. Hoy la tenemos. Hoy, siglo XXI, somos libres. Y también, hoy, tratamos de deshacernos de ella porque le tememos a nuestros actos no convencionales. Buscamos amparo en la masa para sentirnos menos solos y reconfortarnos en una tonta comunión. Delegamos nuestras decisiones y elecciones en Otros. No queremos saber nada con eso de hacernos cargo de nuestros actos. El existencialismo sartreano se corta las venas y se ahoga en lágrimas ante la falta de ideales que caracteriza el período que nos ha tocado a vivir. Las grandes guerras han dejado secuelas somáticas en nuestras personalidades. Nos escondemos y en el automaticismo no le damos sentido a esta vida que no tiene sentido per se. No queremos entender que la libertad no es nunca un estado de completud. Por el contrario, la libertad, lejos de ser una condición absoluta, es una condición potencial que nos permite ir en busca de un anhelo más ancho, más abarcativo y amplio. Libertad implica carecer de algo y por esa misma carencia es por la que se lucha. Si se lucha, hay libertad aunque más no sea un creación individual. Libertad es ser capaz de elegir lo que uno quiere, aun si esa elección va en contra de los otros. Libertad implica "perder" para ganar: sacrificar algo. Libertad es estar dispuesto a recibir la coacción que conlleva la ruptura de las convenciones. Yo soy libre, libre para amar de otras formas que no son las convencionales. Nada en mi biología me impide actuar de otra forma. Soy libre para hablar de formas no convencionales. Sólo si estoy dispuesto a soportar las consecuencias de mis actitudes, entonces, sólo entonces, seré Libre, Libre con mayúscula.
Contra qué luchamos hoy? Contra el sistema? De qué manera? Acoplándonos en mayor o menor medida a él? No me vengan con esa mentira de que al sistema se lo lucha desde adentro, porque al sistema se lo combate desde afuera. Si estamos adentro, cooperamos en su reproducción. Si estamos afuera, cooperamos en la producción de algo alternativo. Cómo se manifiesta esa Libertad actual en la multitud? Con los fanatismos hacia líderes políticos que poco se interesan por el bienestar de las mayorías? Nuestra ceguera es cada vez más negra y el mundo cada vez más deplorable. La consciencia ya ni se disipa en una era tecnológica. Dentro de un tiempo pensarán por nosotros los robots. Ya nada es natural, ya la natura ha sido devastadada por el hombre y su cultura. Hasta la luna hemos ensuciado con nuestros pies! Ni al planeta Marte dejamos tranquilo en nuestro afán por el descubrimiento y la expansión de nuestro raciocinio. Basta. Esto no puede seguir así. La caída es inminente. No olvidemos que los grandes cambios y las revoluciones que han marcado formas que llegan hasta nuestros días, han tenido siempre como protagonistas de dichas hazañas a locos libres.

Escribir.

Desperté con la sórdida certeza de que llovería a media mañana. El olor de la lluvia era insoslayable, tan concreto que se me hizo tangible apenas abrí las ventanas. Tomé una bocanada de aire y subitamente me encaminé hacia el metro que me llevaría hasta el trabajo. Cuando camino hacia la parada me siento parte de un sueño, como si todavía no me hubiese despavilado lo suficiente como para andar. La pizza de la noche anterior estaba ácida en mi estómago; podía figurarla de un color verde rancio, casi en proceso de descomposición dentro mio. Esa imagen se plasmó en mi mente y me dio náuseas. Era un día más, mientras esperaba el transporte atestado de las 7 de la mañana vi a dos niñitas de secundario y las sentí añejas. ¡Con qué facilidad se olvida uno de lo que fue, hasta el punto de parecerle extraña una rutina que perduró años en su vida! Así las miraba, hasta con la ternura de una señora que ya es muchos años mayor. ¿Me estaría volviendo grande? No, no lo creo. La noche anterior, desde mi terraza, me había perdido entre las formas de las nubes, atolondrandome de sosiego como cuando era pequeña. Tal vez, con el correr de los años, la experiencia vivida me estaba tornando más sabia. Pues había aprendido a callar; había comprendido la importancia del silencio tanto como la de las palabras: ya no tenía la frenética necesidad de hacerle saber todo a todo el mundo. Supe que a veces son más inteligentes las mujeres que saben callarse ciertas cosas, y con esa idea, esa misma tarde, había podido reprimirme el impulso de pelear con mi madre. No es fácil hacer un bollito con las palabras y mandarlas a guardar quién sabe a donde, pero, con esfuerzo, no es tampoco imposible. Me pregunté si habría dentro mio una especie de sótano en donde estuvieran guardadas todas las cosas que no dije, todas las broncas que me hube tragado desde que tengo consciencia de mi ser y del mundo tan ácido que me ha tocado vivir. Me imaginé un lugar oscuro dentro mio, en mi lado izquierdo, como en un rincón: todo aquello que callé estaba apelotonado, y si me descuidaba y abría demasiado la puerta del sótano, todas aquellas cosas guardades se caerían como una avalancha sobre mi. Si, necesitaba prudencia cada vez que quisiera abrir ese portal.
Recordé mi tarde de ayer.
Si bien era feriado, a muchas personas se les había ocurrido salir a caminar. Era un lunes, pero en verdad tenía el color de un domingo. Muchos abuelos habían sacado sus sillas a la calle y habían salido a tomar un poco de aire, por más que en la calle el aire fuese tanto o más sofocante como el de adentro. Niños andando en bicicleta por la vereda que jugaban carreras de esquina a esquina. Jóvenes agraciados despatarrados en un cordón derrochando risas. Y yo, caminaba. Un poco sin rumbo pero con la poca espontaneidad de alguien que no se descuida de irse muy lejos porque sabe que luego deberá caminarse la vuelta. Noté que mis auriculares llamaban un poco la atención por su tamaño, si a eso le sumabamos que iba canturreando no tan suavemente, definitivamente mi presencia llamaba la atención.
Con un poco de melancolía añoré la presencia de un compañero. El último año mis deseos de ser madre se habían agigantado. Varios días al mes me sorprendía el instinto materno que afloraba dentro mio. Me asustó y al mismo tiempo y con la misma fuerza, eso me tranquilizó. La esquizofrenia de mi madre había hecho germinar en mi la semilla de formar un familia ¡Oh, mi madre! La fuente de mis turbulencias y mis más preciados aprendizajes indirectos. De ella había aprendido todo lo que no quería para mi vida y me había proyectado en la maternidad casi en un sentido opuesto al que ella había ejercido sobre mi. Supe que, en ciertas circunstancias, es más fructífera la falta de que la presencia de. Me dejaba perpleja el hecho de haber aprendido más cosas de alguien que se equivoca más a menudo que de alguien que vive acertando. Definitivamente, el contacto con el mundo nos moldea enormemente y nos pone alerta acerca de nuestra propia existencia. Cada vez más, los libros se volvían mi inexorable compañía, que tal vez por no poder emitir opinión, me era la única tolerable por estos días. Ellos nunca me habían defraudado, su fidelidad me desoló al punto de creerme una ermitaña antisocial. A fin de cuentas eran los únicos que no me hacían pescar rabietas; por el contrario, habían sido siempre mi calmante ante situaciones de enervación y poca lucidez. Cada vez que me encontraba desequilibrada, al sumergirme en una de sus páginas, me daba a mi misma la posibilidad de realizar una catarsis y de pensar en frío. Lo mismo me venía sucediendo con la música. Realmente estaba preocupaba sobre mis pocas aptitudes para con las otras personas. Ultimamente todos me parecen tontos y despreciables. Veo en toda nuestra especie humana un halo despreciable que se hace más fuerte que todas las virtudes que puedan contrarestarlo. Esta reclusión en libertad está atormentándome, pero siempre escribir me ha ayudado a ordenar mis ideas y a purificarme, aunque más no sea galácticamente.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Simone de Beauvoir (1908-1986)

"Siempre habíamos mirado lejos. ¿Sería necesario aprender a vivir al día? Estábamos sentados uno al lado del otro bajo las estrellas, rozados por el olor amargo del ciprés, nuestras manos se tocaban; por un instante el tiempo se había detenido. Se echaría a correr otra vez. ¿Y entonces? ¿Acaso yo no podía trabajar todavía? ¿Mi rencor en contra de Philippe se desdibujaría? ¿Volvería a asaltarme la angustia de envejecer? No mirar demasiado lejos. A lo lejos estaban los horrores de la muerte y de los adioses; estaban los postizos, las ciáticas, las invalideces, la esterilidad mental, la soledad en un mundo extraño que ya no comprendemos más y que continuará su curso sin nosotros. ¿Lograré no alzar mi vista hacia esos horizontes? ¿O aprenderé a percibirlos sin espanto? Estamos juntos, ésa es nuestra posibilidad. Nos ayudaremos a vivir esta ultima aventura de la cual no regresaremos. ¿Eso nos la volverá tolerable? No sé. Esperemos. No tenemos elección"

viernes, 22 de noviembre de 2013

Histórico devenir

Viene dado por la coincidencia de las múltiples historias que se encadenan, el destino.
Un destino que no es innatamente nada, o tal vez, sólo sea innatamente incierto.
Cuando leo a esas grandes figuras que han emancipado su pensamiento del de la multitud, me recogico de admiración. Algunas escriben sin saber que en sus obras se halla el germen del anhelo a la ambición de grandeza de cientos de hombres que van forjando sus rumbos al leerlos. Una grandeza que nada tiene que ver con el estatus económico, ni con el advenimiento de una comodidad burocrática que nos asegure el porvenir. La grandeza está dada, por el contrario, por la lucha de los amos contra los esclavos. Amos que desean imponer su deseo, a costa del sometimiento de sus esclavos. Esclavos que desean trascender el deseo de sus amos y liberarse. La historia se funda en la lucha de los deseos. Y la razón es el arma moderna por excelencia. La violencia cae al filo de un siglo que logró, aunque no sin dificultad, deslegitimarla como medio para llegar a un fin. Es la historia teleológica la que nos permite descifrar los móviles ocultos que se disfrazan en la prédica que se hace de una acción. El hecho está ahí, moviendose unidireccionalmente. Pero lo que cambia es el conocimiento que hay sobre esos hechos, las interpretaciones que de un mismo hecho se hacen.
Hoy, más que nunca, saber es poder.
La mente, el raciocionio, ha hegemonizado en la praxis retórica. Quien ostente la razón más convincente impondrá su deseo y hará de sus esclavos títeres de expansión y reproducción ideológica.
Pocos grandes hombres han logrado imponerse, los otros, casi siempre y sin saberlo, han contribuido a una u otra cosmovisión. Porque somos SUJETOS, sujetos que desde antes de nacer han sido sujetados.
Entonces, cabe preguntarse ¿libertad? La respuesta es afirmativa. Somos libres en tanto y en cuanto seamos conscientes de nuestra coyuntura, del pasado y de los discursos que intentan persuadirnos. Sólo así podremos superar esta etapa posmoderna que nos agobia: carente de valores máximos, de exaltación de relatos estupidizantes sin sentido. Sólo así volveremos a caminar con el afán de un futuro indudablemente mejor. Para confiar en el legado de nuestros hijos, de la descendencia, que es la prolongación de una lucha que emana de una entidad superior.